Abraham Paz, desolado tras fallar el penalti (Yahoo! Deportes) En el año 2004 la Unión Deportiva Las Palmas, en la jornada 37 y con un pie en Segunda División B, visitaba el Ramón de Carranza para medirse al Cádiz. Los andaluces, muy lejos ya de poder ascender, remontaron un 0-1 y acabaron imponiéndose por un contundente 4-1, reduciéndose las posibilidades de salvación de los canarios.
La situación debió hacer gracia a muchos aficionados gaditanos, ya que la parroquia local, con el partido resuelto y ante una Unión Deportiva abocada al descenso, acabó cantando aquello de "¡A Segunda B! ¡A Segunda B! ¡A Segunda B!". Esos cánticos puedo entenderlos en partidos de máxima rivalidad o en situaciones especiales (cuando media una provocación, por ejemplo), pero en aquella ocasión me parecieron tan crueles como innecesarios. Sobre todo, teniendo en cuenta que los andaluces habían salido hacía poco del pozo de la Segunda B, tras nueve años de pesadilla, y debían saber lo que significa. Así que, ese día, se disipó de un plumazo toda la simpatía que sentía por el Cádiz y su afición.
Evidentemente, en esa jornada de hace ya cuatro años, a ningún aficionado cadista se le pasaba por la cabeza que el futuro les tenía reservado un capítulo tan cruel como el que vivieron este fin de semana en Alicante, en el partido que los enfrentó al Hércules. Con empate a uno, el arbitro del choque señalaba un polémico penalti a favor de los andaluces en el minuto 50 de la segunda mitad. Convertir la pena máxima enviaba al Córdoba a la Segunda B y salvaba a los gaditanos. Pero el lanzamiento de Abraham Paz y las ilusiones de todos los cadistas se estrellaron en el poste. El Cádiz se convertía así, nuevamente, en equipo de Segunda División B.
No me malinterpreten: aunque, hasta cierto punto, me alegro de este descenso (llámenme "rencoroso" si quieren), lo cierto es que me gustaría ver a los andaluces muy pronto fuera del pozo. Y ojalá que no tarden en cruzarse en el camino de UD Las Palmas pero, puestos a pedir, que sea en Primera División, ¿no?
Así que ánimo a la familia cadista, especialmente a Abraham Paz y, la próxima vez que pase por el Carranza un equipo como aquella UD Las Palmas de la 2003/04, piensen que es cuestión de tiempo que ustedes se vean en una situación similar.
Como supongo que todos sabrán, el sábado se disputó el derbi canario en el Estadio de Gran Canaria. Fútbol hubo muy poquito, así que sin duda alguna lo más destacado fue la polémica actuación arbitral, que no dejó contento a nadie. Imagino que, con este artículo, va a pasar lo mismo ;-)
Partido flojo
Pero empecemos por el (poco) fútbol. Lo cierto es que ni unos ni otros hicieron méritos para llevarse el choque. En la primera parte, creo que el Tenerife fue ligeramente superior -jugó con más cabeza-, pero las ocasiones de gol brillaron por su ausencia. El espectáculo estuvo en la forma de repartir "leña" de Manolo Martínez, pero sobre eso volveré más tarde.
En cuanto a la segunda mitad, creo que todos estaremos de acuerdo en que con los amarillos con un hombre menos fue el Tenerife el que volvió a llevar el peso, pero no hizo valer su superioridad numérica y se atascó ante una UD Las Palmas que cedió demasiado terreno.
Lo mejor, sin duda, el modo en que empató la UD Las Palmas, por la heróica y cuando el partido ya agonizaba. Un empate, sin ninguna duda, con sabor a victoria para los amarillos.
Supongo que a los equipos casi que les beneficia que se hable del árbitro, porque si tenemos que hablar del fútbol que practicaron...
El árbitro
Está claro que en esto del fútbol cada uno cuenta lo que le conviene. En Tenerife se quejan amargamente del penalti -creo que bastante claro- que no señaló sobre Arruabarrena y, aunque en ese lance no les falta razón, creo que pueden darse por contentos con el arbitraje.
Lo digo porque el equipo de Oltra debió quedarse con diez a las primeras de cambio, cuando Manolo Martínez le dio una patada brutal a Trashorras. Ah, ¿que les pareció poco? Pues nada, el propio Martínez propinó más tarde un codazo a Marcos Márquez -algo que le costó la expulsión al andaluz hace algunas jornadas- que el árbitro señaló pero que quedó sin amonestación. Y si aún no había hecho méritos suficientes, el jugador del Tenerife se pasó el resto del partido repartiendo leña.
Sinceramente, creo que eso y la expulsión de Samuel -la primera cartulina es más que discutible- condicionaron el choque. Sin con la superioridad numérica el Tenerife hizo tan poquito, igual con un hombre menos no pisa ni el área.
Los de siempre
En cuanto al comportamiento de los más radicales, al final acabaron apareciendo esos descerebrados que jamás deberían entrar a un campo de fútbol. Si bien en el anterior derbi la policía cargó con los ultra-nacientes, en esta ocasión tuvo que hacerlo contra contra "aficionados" blanquiazules que, tras el gol del Tenerife, habían empezado a lanzar objetos a los seguidores de UD Las Palmas que se sientan en la grada de tribuna -no precisamente los más radicales-. Botellas y otros objetos acabaron volando de un lado a otro pasando cerca de los niños que se encontraban tranquilamente con sus padres en esa grada.
Por su parte, los ultra-naciente tuvieron un comportamiento ejemplar casi hasta el final. Lo malo fue que, tras el empate de Márquez, aparecieron las bengalas y los petardos.
En ningún caso se puede meter a todos los aficionados de esos grupos en el mismo saco, aunque creo que está en su mano -y tienen todos parte de responsabilidad- el poner mano a muchas de las salvajadas que tienen lugar en los campos de fútbol. Por cierto, que el sábado pudimos tener un disgusto, ya que una de las bengalas que lanzó algún seguidor del Tenerife estuvo muy cerca de alcanzar a otro en la cabeza.
El gol de Pablo Sicilia
Sin duda alguna, uno de los protagonistas del choque fue Pablo Sicilia, ex-amarillo en las filas del Tenerife que anotó el gol de los suyos. Me dio mucha pena ver cómo cuando se retiraba a los vestuarios un amplio grupo de aficionados amarillos lo insultaba. El chico simplemente hizo su trabajo y tuvo el detalle con la afición de UD Las Palmas de no celebrar el gol. ¿Qué más quieren?